lunes, 7 de enero de 2019

Crítica: Mary Poppins returns


No es una película para el 2019. Pero es una bella obra. El “problema” es que es una cinta inocente, sujeta a las fórmulas de antaño. 

LIN MANUEL MIRANDA es sin duda de lo mejor de la película, sobretodo cuando se ve en versión original donde este chico, más cantante que actor (de hecho más compositor), y de hecho más rapero que las dos anteriores, brilla con luz propia. Su voz y su manera de moverse son 100% broadway y a la par son muy personales. Tanto como para destacar. Y mola su papel de Jack, el sobrino y aprendiz de Bert, un adulto con corazón de niño que conoce bien la magia de Mary Poppins y sirve por tanto de nexo de unión del mundo mágico y las calles de Londres. 

Si bien la historia es original, hay guiños al segundo libro de PL TRAVERS, en el cual también traían a Mary Poppins cometa mediante o se internaban en un cuenco de cerámica. Solo que aquella historia no sucedía sino meses después, y por tanto los protagonistas eran los mismos Jane y Michael Banks, y no su descendencia. 

Mary Poppins Comes Back fue la segunda de 8 novelas, escrita por Travers en un momento de éxito claro. La última la escribiría ya con 90 años. Y me da qué pensar si Disney no pretende (de seer la película un éxito) alargar un poco más el rollo y convertirlo en franquicia. Ese final… qué triste es ser la Poppins. 

Lo que sí es original es la BSO de Marc Shaiman y Scott Wittman, que es deliciosa, sobretodo en su versión original. Es un insulto quizás compararla con los temas originales de los hermanos Sherman y a priori no calan igual, pero también tienen la ventaja de llevar más de medio siglo resonando en nuestras cabezas. Reto: Adaptar estas nursery rhymes, estas canciones con juegos de palabras tan enrevesados al castellano del 2019.

Jane está metida en política, pero muy de refilón. Se ve que no están las cosas en este 2019 como para andar tocando según qué fibras sensibles. 

Mis dudas sobre Emily Blunt: Desaparecidas tras un par de escenas. Es algo más seria que Julie Andrews y mi corazón siempre estará con aquel gag de SNL en el que Anne Hathaway encarnaba a la niñera. Ese ene l que explicaban que supercalifragilisticoexpialidoso era una enfermedad del hígado. Anne era perfecta para el papel. Pero curiosamente ha sido su compañera de reparto en El Diablo Viste de Prada quien consiguió el papel y, por su amplio espectro interpretativo, la Blunt me ha sorprendido, no puedo negarlo. Ya la habíamos visto capaz de lo más dramático en la chica del tren y también de dominar el musical en Into the Woods. Y también ha creado su propia Mary, sin tener que verse restringida a lo que Julie Andrews hizo en los sesenta. Esta es una Mary más oscura, más triste, más adaptada a la Gran Depresión y al drama que supone que Michael enviude y no pueda gestionar su vida familiar como debe. Pero también es una Mary más picarona, más espaciada y menos edulcorada, que sonríe de forma especial, que está emocionada por volver al hogar de los Banks y que, con esa media sonrisa y esas miradas suyas, parece esconder secretos y una vida de aventuras oculta en esos 25 años en los que no se la ha visto. Parece la misma Mary, pero el tiempo, sin duda, también ha pasado para ella. 

Ben Whishaw algo falto de carisma sumido en su propia Gran Depresión y a Emily Mortimer, que tanto me gustó en la Librería de Coixet, la tienen infrautilizada. 

Rob Marshall, de bailarín en Broadway (Cats) a coreógrafo y a director de cine (Piratas del Caribe) y Chicago. Mary con peluca en The cover is not the book, es un homenaje a Chicago? Sin duda el listón estaba muy alto. No se han esperado 55 años para traer de vuelta a Mary por nada. 

La peli ejerce como secuela, y en cierto modo como reflejo, más que remake, como réplica de la cinta original. La visita al mundo de porcelana como paralelismo al mundo de tiza de Bert, el encuentro con Topsy y su mundo del revés, como respuesta al flotante tío de Bert, las andanzas de los faroleros son un guiño a los bailes de los deshollinadores. Es un homenaje. Uno que a muchos no les dirá nada y a otros les dejará con ganas de revisitar el original. 

jueves, 13 de diciembre de 2018

Crítica: Arde Madrid - Temporada 1


Bueno, quería comenzar agradeciendo a Paco León el haber creado esta serie. Principalmente por pensar en acromáticos deuteranopes como un servidor, es decir daltónicos, y producirla en Blanco y Negro. 

Dicho esto, qué es Arde Madrid? Pues es la nueva serie tragicómica de 8 episodios de media hora dirigida por Paco León, creada junto a su pareja, Anna R.Costa y producida por Movistar+, que ha hecho mis delicias. Me ha encantado todo. La historia, los actores, sus interpretaciones, la recreación del Madrid de los 60 y de su farándula, la fotografía, la música, el diseño de producción… todo.

En serio, me parece una obra de arte digna de ser vista. 

Arranquemos con la historia. De dónde parte la serie? Pues de algo que no deja de ser un tema candente entre generaciones pasadas de madrileños de pro. Los años que Ava Gardner, la diva, la famosa actriz Hollywoodiense. Ex mujer de Mickey Rooney y del mismísimo Sinatra, pretendida por el millonario Howard Hughes. Ava era bella, exuberante y además una grandísima actriz que se cruzó en pantalla con grandes de la época. Gregory Peck, Anthoni Quinn, Omar Sharif, Humphrey Bogart, Burt Lancaster…

De Ava y su estancia en Madrid se dicen muchas cosas, bueno, básicamente que no paraba de ir de fiesta en fiesta y que se lo bebía y se lo comía todo… literalmente.  Pero la que captó la atención de Paco León fue una anécdota acontecida en el 61. En aquel año, Ava era la vecina del piso de arriba del mismísimo General Perón, ex presidente de Argentina. Y se dice, se comenta, que Ava no paraba de gritarle desde la terraza “Perón Maricón” o “Perón, cabrón”. Este es quizás el punto de partida de la serie. La forma de vida de esta mujer descocada, su relación con el famoseo de los sesenta, con los hombres y con sus vecinos, pero visto todo ello desde un punto de vista diferente y original. El de su servicio doméstico.
Sí, porque la acción la llevan Inma Cuesta, Paco León y Anna Castillo. La primera interpreta a Ana Mari, miembro de la sección femenina que, en la oprimida España de Franco casi rozando el aperturismo internacional, es llamada a desempeñar una misión. Su superior, Carmen Machi en un cameo muy divertido, le encarga a Ana Mari entrar a trabajar como ama de llaves en casa de Ava Gardner para así tenerla vigilada de cerca, pues se rumorea que tiene contacto con comunistas. Pero para poder desempeñar dicha misión, por petición de la actriz, que requiere una pareja, Ana Mari debe entrar a trabajar a la casa con su marido. Así que la sección femenina busca a Manolo, Paco León, un pícaro que se gana la vida a base de trapicheos, que se hace pasar por el esposo de Ana Mari, convirtiéndose como tapadera en el conductor de la señora de la casa. Anna Castillo (qué grande es esta chica que igual te hace de prepúber reguetonera que de niña buena) aquí es Pilar, la otra criada, totalmente ignorante y ajena a lo que se traen entre manos estos dos y que tiene sus propios problemas en forma de un embarazo deseado en los años sesenta.

Como puntazo, tenemos a la propia Ava encarnada por una actriz que personalmente me chifla, por su rollo y su look. Amiga de juventud de Madonna, con una imagen muy de chica Pin Up, me volvió loco en el séquito y en Younger. Pues encontrármela de repente en una serie española dándolo todo y aprendiendo nuestro idioma para encarnar a Ava Gardner… podéis imaginar, me dejó con el culo torcido. 

No nos olvidemos de Osmar Núñez y Fabiana García Lago, que en el papel de los Perón, son uno de los puntos cómicos de la serie por esa relación casi de aquí no hay quien viva que tiene con la Gardner. La criada de los perón, una sufridora y alcohólica Rosario, otro puntazo. 

Pero además está el mundo gitano de Vargas y su familia. El capo del barrio, currante y humilde, pese a los trapicheos y que quiere recuperar el prestigio que ha perdido por persona simplemente por ser gitano y que sin buscarlo pone a Manolo entre la espada y la pared una y otra vez dando lugar a diversas situaciones de crisis en la casa que son la montaña rusa en la que se convierte la serie. 

Óptimo Moreno Borja como Vargas. No conocía yo a este hombre, pero me ha impresionado con su presencia. 

Como también despunta Julián Villagrán, encarnando a Floren, al hermano esquizofrénico de Ana Mari, un loco de la vida que le da la oportunidad a Villagrán de mostrarnos su perfil más divertido pero también el más dramático. 

En general tampoco quiero desvelar mucho de la trama, porque todo gira en torno a un embrollo que se traen entre manos Manolo y Vargas y que se lleva por medio al resto de personajes. 

Simplemente recalcar lo dicho, que me encanta cómo se ha recreado el faranduleo de la época. Por Arde Madrid pasan versiones de los 60 de Marisol, de Lola Flores, de Lucía Bosé y hasta de Carmen Sevilla, a la que pone cara una guapísima Melody. 

Y me encanta que todos los personajes sean igual de relevantes, no importa su origen o su posición social. El servicio doméstico, los mafiosillos del barrio, los famosos glamourosos, los de izquierda, los de derechas, los gays, los heteros, los jóvenes, los mayores… todos molan. 

Igualmente, me gusta el mensaje digamos sexual de la serie. Un mensaje de descubrimiento. La pérdida de la virginidad, la masturbación, el embarazo… están presentes de forma sutil pero con peso, así como el papel de la mujer, con una crítica muy inteligente canalizada a través de esa mujer de armas tomar que es Ana Mari, necesitada de amor, pero firme e independiente. Una cosa es amar y otra ser dependiente, lo que viene a decirnos en un magistral monólogo en los minutos finales de la serie. 

Un 10 out of 10 para esta serie que innova con comedia fresca, irreverente, desvergonzada, nostálgica, con actores de lo más variopinto e internacional y que sobretodo demuestra que aún no está todo escrito y, mejor aún, refuerza el buen momento de la producción propia patria y la imagen que tengo y que adoro de Paco León como gran actor y mejor realizador. Para aquellos que le criticaron diciendo que las pelis de Carmina eran poca cosa y que KIKI era simplemente un remake. Pues toma jeroma!!

martes, 11 de diciembre de 2018

Crítica: Jack Ryan


Ya sabéis que soy gran fan de la fantasía y la ciencia ficción, pero me he dado cuenta de que en la intimidad tengo otro género del que disfruto sobremanera cuando mi mente requiere cierta desconexión. Quizás siguiendo la estela de mi progenitor, a temprana edad ya me convertí en fan de Bond. Después descubriría a un sofisticado Ethan Hunt que haría mis delicias de adolescencia. Pero con los años y la madurez… bueno, madurez, ya me entendéis… descubrí otro personaje que sin que yo lo supiera me iba a enganchar, aunque fuese a base de reposiciones en televisión, aunque, como Bond, tuviese más de dos y más de tres caras diferentes. Al principio, ni siquiera era consciente de estar ante las aventuras de un mismo personaje y mucho menos aún era consciente de que aquellas películas eran adaptaciones de una serie de best sellers que triunfaban en los ochenta.

El autor y padre de la criatura, don tom Clancy. La criatura en si misma, el señor Jack Ryan. 

Sí, el analista de la CIA que ya interpretase Alec Baldwin en La Caza del Octubre Rojo, frente al mismísimo Sean Connery. El mismo al que Harrison Ford le puso cara en dos ocasiones, en Juego de Patriotas y Peligro Inminente. El mismo Jack Ryan que, con la cara de Ben Affleck se enfrentó al Pánico Nuclear y que hace tan sólo cuatro años regresó de la mano de Chris Pine en Jack Ryan: Operación Sombra. Sí, ese Jack Ryan. Lo mismo a vosotros también os ocurrió. Las habíais visto todas y no erais conscientes de cuánto os gustaba el personaje. 

Un tipo que en las novelas de Clancy pasó de simple analista a director de la CIA enfrentado al mismísimo presidente de los Estados Unidos. De hecho, un personaje que sobrevivió a su autor en el papel, pues otros autores siguieron desarrollando sus historias tras el fallecimiento de Clancy. 

Así que está muy vivito y coleando. Algo que notaron algunos productores de Amazon Prime, los cuales dijeron “Ey, no hay suficientes espías molones en el mundo mundial”. Esto no es un mundo de ficción como el de Counterpart o Man in the High Castle. Estamos en el mundo real pero… Jack Bauer. Carrie Mathison? Buhhh, pasados de moda. Relancemos al buenazo de Jack Ryan. Un héroe de nuestra era”.

¿De nuestra era? Bueno, acabo de decirlo, hablamos de un hombre caucásico cuasi perfecto que ha sido interpretado en los 80, los 90, los 2000 y ahora dos veces a mediados y finales de la década de los 2010. O es el personaje definitivo y es tan guay que encaja genial en toda situación geo-política que se le ponga por delante. O es tan simple, típico y tópico que… encaja genial en toda situación geo-política que se le ponga por delante.

Tras haberme visto los 8 episodios de la serie con la esperanza de encontrarme con el nuevo Homeland, opto más por la segunda opción. 

Y mira que en el fondo me ha gustado la encarnación de John Krasinski como Ryan. Krasinski parece la inspiración para Rompe Ralph, un tipo grandote pero con cara y actitud de buenazo. Un boy scout en toda regla que igual te resuelve derivadas mientras desarma a un criminal que llora con los Teletubbies. Así es él. Un actor cuyas cejas tienen vida propia. Y así es Ryan, la clase de personaje bonachón que todos escribiríamos. Pero por algo no somos literatos o guionistas. El mundo nos pide chicha y por eso en los tiempos que corren, como espectador me funciona mejor una Carrie Matheson bipolar que la lía parda en la CIA y con la cual sufrimos cuando no se toma su litio, que este hombretón sin imperfecciones que sufre de estrés post traumático. 

Lo mejor de la serie? Que es un reboot y que estemos familiarizados o no con el personaje funciona. Nos pone de nuevo en el punto de partida, con Jack como un joven analista de la CIA, un joven especialista en Wall Street y ex-marine, al que le encanta rastrear las transacciones financieras de más de un terrorista. 

Otro punto a su favor? Si os gusta la acción, cada uno de los ocho episodios de Jack Ryan ofrece al menos una escena intensa de tensión y tiroteos en alguna localización del mundo mundial. Sí, porque no han reparado en gastos y aquí se va de Langley a París, de ahí a Irak y de vuelta en el día, sin problema. 

Lo peor? Que esto ya lo hemos visto. Al héroe. A la CIA. Al ex-marine. Incluso al terrorista con el cual quieren que empaticemos. Suleiman, el nuevo Bin Laden. Un yihadista libanés con muchísimo talento y contactos. Dulce con su familia pero con convicciones. Gran hermano, mejor marido y padre, letal asesino. Sin embargo, así como su carácter y sus valores parecen estar muy bien dibujados, sus auténticos planes, sus objetivos, quedan algo borrosos y su modus operandi llega a ser algo desastroso. Sin dar mucho detalle, me chocó cómo tras organizar un atentado brutal, lanza un mensaje al mundo dando la cara e identificándose como el culpable. Su rostro está en cada pantalla, en cada periódico. Pero luego pasa una aduana en un pequeño aeropuerto de Estados Unidos con un pasaporte canadiense falso y unas gafas. El efecto Clark Kent lo llamo. 

Aún así, un hurra por el trabajazo de Ali Suliman, que, aunque imperfectamente, no es su culpa,  da vida a un personaje complejo y muy similar, curiosamente al que el mismo actor encarnase en una película que comparte género, Red de Mentiras, con Leonardo Dicaprio, Russell Crowe, Tom Strong, Oscar Isaac… no sé si os acordáis. 

Junto a Ryan, tenemos a su superior, Greer, otro tipo traumatizado por un pasado violento y que ha pasado de ser un férreo militar a verse atrapado entre analistas sabelotodo, lo que le pone de los nervios. Y para colmo, es musulman, con lo que todo este caso que está sacando a la luz Jack, le toca la fibra sensible. La verdad es que la relación entre estos dos, por ser polos opuestos que acaban adorándose recíprocamente en silencio, como las hemorroides, es de lo más chulo de la serie. 

De hecho diría que es la mejor relación de la serie. Porque aquí va mi otro punto negativo. Las féminas. Qué pasa con ellas? Es una serie de testosterona y machotes. Y eso que insisto, Jack es un buenazo, casi aburrido, que te dan ganas de inyectarle adrenalina en el corazón a lo Pulp Fiction para que espabile. Me da mucha rabia que haya tan sólo dos personajes femeninos de importancia y que queden relegados a seres dependientes del macho alfa. 

Por un lado, la esposa de Suleiman, que le ama, pero no quiere que sus hijos se críen con un líder terrorista y que hará lo que sea para evitarlo, pero que al final, o depende de un hombre, o de otro. De su marido, de su tío, del tipo de la frontera con Turquía, del propio Jack…
Por el otro lado está Cathy, la futura esposa de Jack (pero ella no lo sabe). Aquí aún son dos mozuelos que se cruzan y comienzan a enamorarse por azar. Si, es una doctora virología del copete (ha dado un salto de escalafón, porque en las novelas sólo era oftalmóloga), pero queda relegada a interés romántico y OH, la doctora que por casualidad descubre X, Y y Z, cuestiones que son de interés para la CIA y OH vuelve a cruzarse con Jack. 

En definitiva, es un show que funciona. Si os gusta Homeland, os gustará Jack Ryan. Pero id con conocimiento de causa y sabed que es una opción muy descafeinada del género. Personajes planos, casi paródicos del género y tramas que ya hemos visto antes. Pero también tiene escenas de acción muy chulas (en esta era en la que Daredevil demuestra lo que son las escenas de ACCION con mayúsculas) y también tiene un protagonista, un tercio príncipe de Disney, un tercio Einstein y un tercio máquina de matar que por fin encaja con el personaje tal como se concibió. Ah, y otro pro, son sólo 8 capitulitos que, además, cierran perfectamente un primer arco argumental, pero dejan miguitas para lo que está por venir. 

martes, 20 de noviembre de 2018

Crítica: Megaman 11

Hace ocho años que Capcom no nos alegraba la vida con una nueva aventura del bombardero azul. De hecho, pensábamos que ya no habría más. Sobretodo basadas en la saga clásica. Parecía que el bueno de Mega había quedado relegado a cameos en otros juegos o para merchandising. Pero, nos hemos equivocado.

La cosa es que el año pasado tuvimos ese momentazo fan llamado Mighty Number 9. Keiji Inafune, uno de los padres de la criatura, dejó Capcom en 2010 y vio que los fans estábamos ávidos por más aventuras gloriosas como las de antaño así que creó una nueva saga que era, reconozcámoslo, un ripeo/homenaje/clon/copia cuasiabsoluta del personaje de Capcom.

Los resultados de aquel juego, desarrollado durante años a partir de un proyecto kickstarter, que llegó tarde y mal, no fueron todo lo maravillosos que esperábamos. Yo fui uno de los miles que aportó al crowdfunding en 2013 y para cuando tuve el juego en 2017 ya casi me había olvidado de él. Encima, el juego quedaba un poco cojo y le faltaban entretenimiento y jugabilidad dignos del 2017. En general no estaba del todo mal, pero los fans sabemos reconocer un sucedáneo. Le faltaba el carisma del personaje original.

Esta es la verdad, que un juego se sienta como un Megaman es mucho más importante que el hecho de que “parezca” un Megaman.

No obstante, parece que el atrevimiento de Inafune hizo que el bombardero se revolviese en su tumba y Capcom vio el potencial que seguía teniendo Megaman tal y como fue concebido hace 30 años.

Para mí es un personaje mítico que he disfrutado (o más bien sufrido, porque reconozcámoslo, suelen ser juegos muy difíciles) desde los tiempos de la NES, con 8 o 9 añitos y que tuvo su culmen con el Megaman 8 de PS o con su saga X y títulos como el Megaman X4.

De repente, hace unos años, nos sorprendieron con un curioso regreso con Megaman 9 y 10, dos títulos que en lugar de seguir la estela marcada por el 8, volvían al look de los 8 bits. Esto que para los más harcore fans del lugar era un acierto, para mí fue un paso atrás. Como homenaje a los clásicos estaba bien, pero Megaman necesitaba evolucionar. Y hacia las 3D, pues las últimas iteraciones de la saga X, alejadas ya de las plataformas clásicas, dejaban bastante que desear. No, el camino marcado por el MM8 era el ideal. Más jugabilidad, concepto clásico del personaje pero nuevo look and feel adaptado a los tiempos.  
¿Qué pasó? Nadie lo sabe. La cuestión es que ahora, años después, Capcom ha decidido regalarnos una continuación más que digna a las aventuras de este robot creado por el Doctor Light. No sólo una continuación sino probablemente el mejor juego de Megaman que hayamos disfrutado hasta la fecha. Ideal para los fans de toda la vida, pero también para las nuevas generaciones que nunca antes han experimentado esta saga.
En mi caso lo estoy gozando en la PS4, pero tengo que decir que también está disponible en Nintendo Switch y eso precisamente creo que lo va a acercar a muchos zagalicos y zagalicas.
Y el juego luce como debe. Desde el segundo uno sabes a qué estás jugando. No esperéis grandes sorpresas. Aquí se trata de saltar, esquivar, disparar y vencer a jefes finales de los chungos. Punto.  
Arrancamos con unas imágenes estáticas con voz en off que nos relatan los años de juventud de Light y su archienemigo el Dr Wily y cómo competían siendo jóvenes por llevar a cabo un proyecto llamado Double Gear. Wily pierde frente a Light, pero una noche, en el presente, recuerda aquel proyecto y algo despierta en su malvado cerebelo.
Wily irrumpe en el laboratorio del Doctor Light mientras este le pasa la ITV a 8 robots (casual casualidad, ya sabéis) y se lleva a éstos, sólo para pervertirlos e instalar el Double Gear en ellos. Este dispositivo les permite o bien ralentizar el tiempo y por ende moverse a tremenda velocidad o bien plenipotenciar sus habilidades. Light se siente derrotado pero ante la cabezonería de Megaman, que está decidido a ir tras Wily, le acaba instalando al chaval este mismo dispositivo, lo cual enriquece muchísimo el juego. Sobretodo porque hay niveles prácticamente imposibles pero que, cuando usamos el double gear y ralentizamos el tiempo, vemos que son superables, con dificultad pero sin perecer en el intento. Eso sí, el double gear se sobrecalienta rápidamente y sólo puede usarse unos segundos hasta que se vuelve a enfriar. Todo esto le da una nueva perspectiva al título y define una nueva mecánica de juego la mar de divertida.
Más cambios para bien muy disfrutables. Todo lo relacionado con los power ups, no sólo los que puedes comprar en el laboratorio de Light, al que puedes acceder entre niveles, y que ahora está hasta los topes de añadidos molones para nuestro personaje. También mola mucho cómo ha evolucionado visualmente Megaman cuando obtiene armas nuevas de los robot master. Antiguamente simplemente cambiaba de color. Ahora, Capcom se lo ha currado y cambia su casco y su cañón, a los que se les añaden elementos propios del enemigo al que vencimos. Además, tras vencer a dicho enemigo, tenemos como una pantalla de prueba donde podemos testear el nuevo arma antes de lanzarnos al siguiente nivel a ciegas.
Como de costumbre, podemos elegir entre cada uno de los 8 niveles regentados por los 8 robotmasters que nos esperan al final. Tengo que reconocer que el nivel de dificultad, en modo normal y superiores, es francamente jodido. Como nos gusta. Pero el nivel de iniciación es genial también y muy recomendable para quien no haya catado la saga nunca. O eso o se te pegas un tiro a las 2 horas de juego. Y es que los 8 niveles son durillos cuando no desesperantes pero sus diseños y los de los jefes finales molan mucho y son totalmente fieles a la saga. Mis favoritos, el nivel de BounceMan, en el que tienes que ir rebotando entre globos, o el de TundraMan, típico nivel de hielo resbaladizo.
Además, es genial volver a ver a Megaman sin su armadura en la secuencia de apertura en el laboratorio de Light, donde está barriendo como un simple chico de los recados. O volver a ver a Roll, a Beat, a Duo… o disponer de Rush, nuestro fiel perro robot al que podemos llamar en cualquier momento del juego para usarlo como trampolín y llegar a lugares de otro modo inaccesibles. Además, no haré spoilers, pero hay ciertos enemigos de antaño que se dejan caer por esta undécima edición de la saga.

En definitiva, Megaman 11es un juego muy recomendable tanto para los que se quieran acercar a las aventuras de este personaje como para los fans más exigentes del mismo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Crítica - Animales fantásticos y donde encontrarlos: Los crímenes de Grindewald


Wingardium leviosa… es leviosa, no leviosaaaa… mira que os lo tengo dicho frikis.

Pues sí pequeños muggles, o nomajs, o seres sin habilidades mágicas en general, hemos regresado al universo Harry Potter. Y casi literalmente. Los Potterheads estamos de enhorabuena porque con los Crímenes de Grindewald regresamos a las paredes de esa maravillosa escuela que es Hogwarts. Y no sólo eso. Volvemos a encontrarnos con un personaje tan mítico de la saga como Albus Dumbledore, esta vez con otro atuendo y casi 70 años más joven, en la piel de un magnífico y siempre sexy Jude Law. Es que son las entradas más sexis del celuloide. 

Que sí, que también hay un breve vistazo a una joven Srta McGonnagal, pero destaco a Dumbledore porque todos ansiábamos volver a ver al personaje. Más aún cuando sabemos que cuanto acontece en esta película, sucede a finales de los años 20 y es previo al duelo legendario que mantendrían en la década de los 40, precisamente Dumbledore y Grindewald. Un duelo al que parece que nos iremos precipitando poco a poco a lo largo de esta nueva etapa de la saga. 

De hecho, ya en esta secuela, el señor David Yates, que ya dirigiese Harry Potter desde la orden del fénix y hasta la segunda parte de las reliquias de la muerte, vuelve a caer en su habitual espiral de oscuridad. 

¿Por qué digo esto? Pues porque cuando este hombre se puso tras las cámaras para dirigir el mundo mágico de JK Rowling me parece que este se tornó mucho más lento, gris y cruel. Algo que también tenía mucha lógica, pues tras las coloridas películas de Chris Columbus, que le iban como anillo al dedo a un Harry de 11 años, la mágica visión de Cuarón y su Prisionero de Azkaban y el aventurero estilo que Mike Newell le imprimió al Cáliz de fuego, el asunto se tornaba serio. Precisamente al final de esta cuarta entrega, Cedric Diggori moría y Voldemort regresaba a la vida. Las cosas se ponían chungas y con Yates llegó el principio del fin.

Cuando el mismo David Yates hace nada se puso manos a la obra con Animales Fantásticos, sin embargo, parecía otro. Era dinámico, colorista y atrevido. Pero nuevamente, parece que con estos Crímenes de Grindewald, la saga gira y se reorienta hacia un turbulento futuro. Yates se ha vuelto a poner serio y la Rowling mitológica y shakespeariana. Esto no es ni bueno ni malo, porque de hecho ocurren dos cosas.

1. Que el fan usual de la saga, al ver Animales Fantásticos, echó en falta el puntillo épico que habían tenido las últimas películas

2. Resulta que el Potterhead medio, también ha madurado con la saga y ha crecido con los personajes. Ya no es un crío y busca un tono mucho más serio. 

Y eso es lo que encontramos en esta secuela. Menos criaturas (aunque obviamente, no dejan de tener un peso importante cuando se trata de relatar las aventuras de Newt Scamander y de vender merchandising) y más acción, o mejor dicho, más crímenes. Bueno, más de todo, porque en las casi dos horas y media que dura la peli, nos han echado de todo a la cara: Nuevos personajes, mucho misterio, flashbacks a tope, criaturas guays, elfos domésticos… De todo y por un tubo. De principio a fin. 

Y es que si al final de la anterior cinta veíamos cómo el personaje encarnado por Colin Farrell resultaba ser en realidad el mismísimo Grindewald, aquí arrancamos, seis meses después, con la huída de este, ahora ya siendo él mismo y encarnado por el amado por unos y odiado por muchos, camaleónico Johnny Depp. Una huída repleta de adrenalina. El arranque de la peli es espectacular y nos situa en ese punto que comentaba antes del final de Harry Potter y el Cáliz de Fuego. El mal anda suelto y lo sabemos. 

Eso sí, el personaje de Gellert Grindewalt es un personaje mucho más carismático para mi gusto que Voldemort, si no tan bien recreado en el celuloide. Es un tipo gris. Del palo de Darth Vader o Thanos, de los que dices, qué malo, pero cómo mola y, en el fondo, lo mismo hasta tiene razón, sobra gente en el mundo. 

Y para más INRI, en esta película, tenemos un paralelismo a mi juicio genial con la saga mutante por antonomasia. Para que os hagáis una idea, si Dumbledore fuera Xavier, Grindewalt sería el perfecto Magneto. Dos hombres ya maduros que fueron amigos y compartieron creencias de juventud. Bueno, creencias y quizás algo más. 

Pero ahora, uno cree en la superioridad de su especie y está movilizando a los suyos para emprender una guerra que tiene como objetivo la supremacía mágica y la esclavitud humana. El otro, prefiere que muggles y magos convivan como hasta ahora. Y ambos han perjurado no enfrentarse entre si. Lo que no quiere decir que como buenos ajedrecistas no puedan ir moviendo ficha. 

Y ahí entran en juego el resto de personajes. En el lado de las piezas negras, el Credence de Ezra Miller, que busca sus orígenes, y una humanizada Nagini.

En el de las piezas blancas, a Eddie Redmayne, el magizoólogo Newt Scamander con su sempiterna timidez y actitud infantil, sus criaturas y su séquito, Tina, Jacob y Queenie, esta vez algo dispersos por París.

Y en tierra de nadie, Theseus Scamander, hermano mayor de Newt y Auror, y Leta Lestrange, la prometida de este.

Pero ya digo, aunque parezca que no tienen tanto tiempo de pantalla, son aplastantes las presencias de Dumbledore y Grindewald como los personajes que, el primero sutilmente como de costumbre y el último de modo sobrecogedor y aplastante, mueven los hilos de la historia.  

El mundo mágico comienza a dividirse. Es hora de elegir el bando y de elegir bien. Y es que esta peli es una secuela digna de ser el jamón York del sandwich que sería una trilogía, de las que van preparando el terreno para un desarrollo de tintes épicos, bélicos y apocalípticos. Solo que en lugar de tres, la idea es producir al menos 5 películas con lo cual, imaginad cuán apocalípticos pueden llegar a ser si ya aquí están apuntando maneras. 

Con respecto al apartado artístico y visual no hay mucho que decir. WB no repara en gastos e impresiona con un espléndido CGI perfectamente integrado con los personajes de Carne y Hueso y con un París mágico de los años 20, circense y jazzero que me ha dejado picueto.  

En definitiva, historia un tanto difusa, lenta y confusa por presentar infinidad de nuevos personajes, emplazamientos y conceptos. Eso sí, final de traca y resaca, mil cabos sueltos y nuevas incógnitas que resolver y una historia que empieza a antojarse más que interesante.


Se avecina tormenta. Esperemos que llegue pronto, sea de granizo y no se quede en chirimiri. 







jueves, 1 de noviembre de 2018

Crítica: Pose - Temporada 1

La categoría es… STRIKE THE POSE!

Toca la patata este show centrado en el desventurado colectivo LGTB de finales de los 80 en una nueva York que les daba la espalda y les castigaba con el silencio mientras ellos sufrían los estragos de ese fantasma que les perseguía en la sombra llamado SIDA.

Aún así, Pose no es un drama (o no es sólo un drama). Parte de ahí, sí, pero yo diría que es más bien un canto a la vida. Al positivismo, al renacimiento y al seguir adelante. A levantarse cada día para decir, este soy yo. Soy como me siento. La genética no me define. Mi sexo no va a decidir por mí.

Y es un canto a la vida relatado a través del musical y el melodrama. Pero esto no es el Glee de Brad Falchuk y Ryan Murphy. Aquí hay pena. Hay familia y no precisamente consanguínea, sino familia de verdad de las que se forman por supervivencia y amor. Hay desgracia, pero también el calor de la comunidad. La verdad es que da gustirrinin cuando te metes en la piel de estos personajes. Y vaya si te metes… que acabas llorando. Yo hace mucho que no me estremecía así.

Es majestuosa la visión que se da de la situación que muchas personas transgénero viven. Cómo sienten el rechazo y el miedo por la imagen distorsionada que la sociedad tiene de su verdadero yo. Y cómo cuando renacen y son consecuentes con su persona interior se enorgullecen también de ser quienes realmente son. Porque uno no es su órgano sexual.

Por cierto, como colofón, no olvidemos a Evan Peters, atrapado en su vida perfectamente imperfecta.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Doctor Who: Avance Temporada 11

Qué emoción tengo en el cuerpo con esta nueva temporada. Creo que todos los whovians hemos contado los días para ver a la nueva encarnación del doctor… o doctora. Porque ahora, el señor del tiempo es una timelady interpretada por Jodie Whitaker que ya saltó a la fama por su papel de afligida madre coraje en Broadchurch, precisamente junto a otro Doctor, David Tennant y a otro companion, Rory. Ya habíamos visto el look de la Whittaker con ese jersey reminiscencia de la bufanda del cuarto doctor y tirantes similares a los que vistiese Matt Smith. Pero necesitábamos verla en acción. Y, aunque siempre ocurre en el primer episodio con nueva regeneración, que se hace raro… con Jodie nos hemos hecho enseguida.

La serie ha empezado bien. Lleva cuatro episodios muy entretenidos. La verdad, había miedo ante la salida como showrunner de Steven Moffat que desde la 5 temporada de esta nueva iteración del personaje, com Matt Smith como cara del doctor, redefinió su universo. Ahora, llegaba, precisamente de Broadchurch, Chris Chibnall. Y la verdad se nota. Nueva cara para el doctor, nueva frescura en la serie. Como siempre, manteniendo su mitología y su magia, pero no cayendo en la repetición. Nuevos acompañantes, esta vez 3, como homenaje al primer doctor de William Hartnell, una suerte de familia disfuncional. Chico, chica-interés romántico y abuelastro. Y nueva Tardis, tocando un poco de nuevo el estilo Steampunk, que me flipa.

Además, me encanta que la serie, fiel a sus orígenes de infotainment, vuelva a visitar a personajes históricos (brutal el tercer episodio con Rosa Parks de por medio, pionera del movimiemto afroamericano junto a Luther King) Eso sí, esta vez los viajes del Doctor tienen un estilo visual y musical bastante distinto, espectacular, mucho más dinámico y cinematográfico. Se nota que BBC américa le ha dado fama al doctor y que se le mete más pasta al show. Como diría John Hammond: No hemos reparado en gastos.

En resumen: Echamos de menos a Capaldi, pero estamos ávidos de nuevas aventuras.